Lo comunitario no va de hacer más. Va de saber cuándo dejar de hacer

En convocatorias. En proyectos. En discursos. Todo tiene que ser comunitario. O, al menos, parecerlo.
Hace años pasó algo parecido con lo “bio”. Todo era bio. Y cuanto más se utilizaba la palabra, más difícil era saber qué significaba realmente.
Con lo comunitario empieza a pasar lo mismo. Se nombra mucho. Pero no siempre se practica.
Desde la educación social, lo comunitario no es una etiqueta. No es un apartado en una memoria. Ni un requisito para puntuar mejor.
Tiene que ver con otra cosa. Con estar cerca. De las personas. De los barrios. De lo que pasa cuando no hay nadie mirando.

Trabajar comunitariamente no es liderar. Es, muchas veces, desaparecer del centro.
Acompañar sin imponer. Sostener sin dirigir. Ser profesionales, sí. Pero no protagonistas.
Porque lo comunitario no se diseña. Surge.
Surge cuando hay vínculos. Cuando hay confianza. Cuando las personas hacen suyo el proceso.
Y ahí viene lo incómodo: Si lo comunitario necesita siempre de lo técnico para sostenerse… entonces no es comunitario. Y entonces ya no hablamos de comunidad, sino de algo que solo funciona mientras estamos nosotros.

Tenemos dos opciones: Trabajar lo comunitario desde una mirada transformadora, empoderadora y horizontal. O convertirlo en un nuevo hashtag del marketing capitalista. Un concepto que se vende bien, pero que simplifica problemas sociales complejos.
Quizá el reto es este: Trabajar para desaparecer.
Porque lo comunitario no va de hacer más. Va de saber cuándo dejar de hacer.

