Acogida y acompañamiento / 03/01/2018

“Vivimos en una sociedad en la que no tiene cabida la compasión”

Publicado por: Stephen Burgen

Stephen Burgen, voluntario de Cáritas Diocesana de Barcelona y periodista de The Guardian, entrevista a Adela Cortina, autora del libro Aporofobia, el rechazo al pobre

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El año 2017 nos ha dejado una palabra: Aporofòbia. Este término, que significa rechazo al pobre, ha sido elegida palabra del año por la Fundación del Español Urgente. Su creadora, Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, argumenta que en un mundo construido sobre el contrato político, económico y social, los pobres parecen romper el juego de dar y recibir y, por ello, prospera la tendencia a excluirlos. Hemos entrevistado a Adela Cortina para hablar de la aporofobia como un atentado diario contra la dignidad y el bienestar de las personas.

¿Por qué era necesario inventar el término aporofobia?

Se trata de una realidad que hasta ahora no tenía nombre. Cuando una realidad social no tiene nombre, la gente no se da cuenta de ella y pasa desapercibida. La aporofobia, por lo tanto, es una realidad en la que los que están mejor situados de la sociedad tienen una sensación de repugnancia hacia los pobres. Que el fenómeno no tenga nombre, que no sepamos que está presente, no quiere decir que no funcione y que no tenga influencia, y eso aún es peor.

¿En qué consiste la animadversión a los pobres? ¿En menosprecio, repulsión, miedo?

La palabra aporofobia parece que signifique ‘odio’, pero no es necesariamente odio. Puede ser sensación de alarma, de miedo, yo lo traduzco como rechazo. Normalmente, la gente tiene un comportamiento diferente cuando se trata de personas vulnerables. Aunque se habla mucho de la xenofobia, la cristianofobia, la islamofobia, etc., no se habla del rechazo hacia las personas simplemente por ser pobres. Si una persona es extranjera pero está bien situada en la sociedad, es aceptada. En cambio, si es pobre, automáticamente es descartada por la sociedad.

Cuando vemos a una persona sin techo o pidiendo limosna, ¿puede que evitemos mirarla porque podríamos ser nosotros?

Hay que buscar las causas de por qué actuamos así. Hay un mecanismo disociativo que consiste en evitar y olvidar todo lo que nos molesta. Nuestra tendencia vital es a sobrevivir y cuando algo nos molesta y nos resulta incómodo tenemos esta tendencia a ponerlo entre paréntesis. Cuando vemos a una persona sin techo o un mendigo no sabemos qué hacer y miramos para otro lado.

¿Puede que nos sintamos culpables de tener buena suerte, es decir, de encontrarnos en una situación más favorable que ellos?

Nos damos cuenta de que somos un poco culpables, pero las malas situaciones de la gente son culpa de todos, y la manera en la que se suele resolver el asunto es culpándolos a ellos. En definitiva, si duermen en la calle seguro que es porque no quieren trabajar, porque son holgazanes, y es una manera de quitarnos la culpa. Sin embargo, creo que, más que preguntarnos por la culpa, el problema es no querer ver la pobreza. Por ejemplo, en el tema de los refugiados, en principio no tenemos ninguna culpa sobre las guerras, pero el rechazo que estamos viendo en Europa es terrible.

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Adela Cortina, autora del libro Aporofobia, el rechazo al pobre

¿Cree que los valores del libre mercado son compatibles con el ejercicio de la compasión?

Una parte del rechazo al pobre es que no puede ofrecernos nada. Este rechazo es una tendencia que tiene todo el mundo. Lo que pasa es que las tendencias se pueden trabajar o no trabajar y el sistema actual trabaja más unas tendencias que otras. En un sistema competitivo se fomenta la tendencia al éxito o la prosperidad y, por lo tanto, se rechaza a los pobres y los que fracasan. Además, creo que se transmite que, si nos acercamos a ellos, incluso nos podemos contaminar.

¿La falta de compasión ha ido al alza en los últimos quince o veinte años?

Yo creo que la falta de compasión ha ido creciendo a lo largo de los años. La compasión va creciendo porque cada vez se promociona más la cultura del triunfo y el éxito y la compasión no tiene nada que hacer. La compasión tiene que ver justamente con la persona que se encuentra en una situación más precaria, y lo que nos gusta a todos es ser amigos de los que están mejor situados. Esto es lo contrario de la compasión.

En la actualidad, remar a favor de normas universalistas que protejan a todas las personas no está en la agenda pública. ¿Cómo podemos hacer que se convierta en un tema importante?

Esto es un punto clave. Vivimos en una época en la que ya contamos con la declaración de derechos humanos de 1948. Sin embargo, todos sabemos que una cosa es la declaración y otra cosa es la realidad y la realización en la vida cotidiana. Esta realización tiene que consistir en respetar a todas las personas y preocuparse por los más débiles. La solución sigue siendo la educación, porque es el elemento que tenemos en nuestras culturas para seguir avanzando. Esta educación no debe ser teórica, sino práctica. Hay que intentar convivir con la miseria de los barrios más desfavorables de nuestras ciudades para darnos cuenta del dolor que produce la pobreza, ya que la pobreza significa falta de libertad y en estos momentos tenemos medios suficientes para que nadie sea pobre.

Hablemos del tema de los refugiados. España ha acogido a muy pocos, pero la población afirma que quiere acoger. ¿Cree que hay alguna disonancia entre la actitud del gobierno y la voluntad del pueblo?

Completamente de acuerdo. La actuación del gobierno es penosa, no hemos acogido a casi nadie y la gente no está de acuerdo con lo que está haciendo su gobierno. El gobierno tiene la obligación de respetar el sistema de cuotas y acoger a muchas más personas, ya que la alternativa es la muerte o la miseria.

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Ha trabajado 16 años como periodista en Barcelona, primero de corresponsal en España de 'The Times' y ahora como colaborador de 'The Guardian'. También trabaja de voluntario para Cáritas y Esperança, un grupo que suministra comida a las personas sin techo.

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