Migración / 25/10/2021

Construyamos un nosotros

Publicado por: Elisabet Ureña

Los adelantos tecnológicos han permitido que viajar a cualquier parte del mundo sea posible, y que los movimientos de personas entre países sean una realidad, cuando menos para quien se lo puede permitir. Cuando no sufríamos los efectos de la COVID-19, para muchos de nosotros viajar a cualquier lugar del mundo era una opción factible y deseada.

 

Los intercambios de estudiantes eran y son una realidad creciente, y palabras como globalización y diversidad forman parte de nuestro vocabulario habitual. Una gran parte de la sociedad crece sintiendo que es parte del mundo, que el mundo está a sus pies, y que todo es posible. Pero hay que ser prudentes con las palabras, y con esta falsa sensación que todo es posible: No todo es posible si no todo el mundo está incluido.

 

Globalización y diversidad son palabras vacías de contenido si solo las aplicamos a los que lo tenemos más fácil, a los que nos movemos sin dificultades y a los que nadie para en la frontera, cuestionándonos el motivo de entrada a otro país. Son palabras vacías si nos limitamos a aplicarlas cuando salimos, para reivindicar nuestro derecho a movernos o cuando la diversidad en realidad la limitamos a una visión folclórica de otras culturas. Globalización y diversidad implican mucho más. Implican una sociedad abierta, en la que todos nos movemos, en la que estamos abiertos a la llegada de personas de origen cultural diverso, a que sean nuestros vecinos y vecinas, a que nos situemos los unos ante los otros y nos miremos a los ojos para conocernos y reconocernos.

 

En un momento donde se agudizan los efectos de la pandemia y la crisis económica y social se manifiesta, corremos el riesgo de ver a las personas venidas de otros países como forasteros, como diferentes, como una competencia para nuestros recursos, en definitiva como “los otros”. En un tiempo como el actual, como dice el Papa Francisco en el mensaje para la 107 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado 2021, “los nacionalismos cerrados y agresivos (cf. *Fratelli *tutti, 11) y el individualismo radical (cf. *Ibid., 105) agrietan o dividen el nosotros, tanto en el mundo como dentro de la Iglesia. El precio más elevado lo pagan los que más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados…”.

 

Los desplazamientos de personas existe desde que el ser humano existe. Ya en el Antiguo Testamento y en la Biblia vemos varios testigos, y un mandato claro y directo a acoger “Era forastero, y me acogisteis ” (Mateu 25,35). En el momento actual, solo parado por el cierre de fronteras durante la pandemia, los desplazamientos forzosos son inevitables: la guerra, las situaciones de violencia en muchos países, la crisis provocada por el cambio climático, o simplemente la carencia de esperanza obligan a las personas a salir de sus países para mejorar las condiciones de vida y proteger a su familia. Y no nos engañemos, irse de casa no es fácil. En estas condiciones nadie se va voluntariamente, nadie deja a la familia, los amigos, y su casa por voluntad propia. Nadie elige dejarlo todo atrás, llevarse solo una maleta y elegir qué poner, porque todo no cabe.

 

Y cuando llegan al país de destino se encuentran con una ley de extranjería que acontece una nueva frontera y les obliga a estar a los márgenes de la sociedad hasta regularizar la situación administrativa y obtener una autorización de residencia y trabajo. Una ley de extranjería que les obliga a estar en la irregularidad, en el mercado de trabajo informal, en situación de explotación, de inestabilidad y sin posibilidad de cubrir las necesidades básicas: alimentos y vivienda. Las consecuencias de una normativa poco empática la vemos día a día desde Cáritas Diocesana de Barcelona, así como desde las parroquias, con la llegada de personas que buscan una oportunidad y se desesperan ante los obstáculos casi insalvables de la ley de extranjería.

 

Tampoco la sociedad de acogida ayuda. Muchas veces las ideas preconcebidas que tenemos de las personas de origen cultural diverso, la categorización que hacemos -es decir, los estereotipos y prejuicios que hemos ido creando como escudo protector ante aquello que nos es desconocido- no nos dejan ni siquiera acercarnos al otro, no nos deja ver cómo es. Hay que romper estas barreras, acercarnos, saludarlo, mirarlo a los ojos, preguntarle por su vida. En definitiva, no dejar que el miedo nos paralice y no nos deje ver que solo es una persona, un ser humano como el resto, con las mismas preocupaciones y alegrías, con las mismas necesidades y deseos que cualquier otro ser humano. Un ser humano con quien podemos tener conflictos, como con cualquier otro, pero que solo poniéndonos uno delante del otro los podremos resolver. Un ser humano que viene de otros países, otras culturas, con quienes podemos ampliar nuestros conocimientos: lecturas, música, costumbres, festividades. Un sumar que permita que la semilla de la pertenencia empiece a crecer en el otro, se sienta parte de aquel espacio, se abra y deje también de tener miedo a todo aquello que desconoce.

 

Solo así seremos capaces de conocernos y reconocernos mutuamente, como seres humanos. Podremos dejar las etiquetas atrás y no hablar de extranjeros, migrados y refugiados (¿hasta cuando alguien tiene que continuar siendo migrante?). Será la manera de ver a nuestro vecino, y la madre de la mejor amiga de nuestra hija, como un vecino y una madre de escuela más. Podremos ser amigos y familia, y seremos capaces de crear un legado de convivencia para las generaciones futuras. Solo así seremos un NOSOTROS.

 

“Soñamos con una única humanidad, como caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada cual con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada cual con su propia voz, todos hermanos” (cf. 8 *Fratelli *tutti).

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Responsable del programa de Migración de Cáritas Diocesana de Barcelona

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