Mobilidad Humana / 03/02/2026

Conocer para amar: liturgias que se llenan de nuevos colores y acentos

Publicado por: Cáritas Diocesana de Barcelona

Las nuevas realidades migratorias no han venido a sustituir nada: han venido a sumar, a aportar, a abrir ventanas para que el Evangelio resuene con más fuerza

Las comunidades de Sant Joaquim y Sant Jaume de Santa Coloma de Gramenet han vivido, en los últimos años, una transformación profunda y preciosa. No se trata solo de que haya llegado gente nueva; es que ha llegado vida nueva. Ritmos, colores, devociones y maneras de celebrar que, lejos de desordenarlo todo, han hecho crecer un paisaje litúrgico más rico, más expresivo y, sobre todo, más humano.

Este año, bajo el lema «Conocer para amar», nos proponemos mirar esta transformación con agradecimiento y esperanza. Lo que vivimos no es una anécdota; es un signo de los tiempos. Un regalo. Una invitación a reconocer que Dios también habla a través de los acentos y las culturas que llegan, que echan raíces y que se convierten en familia.

Una liturgia que se expande

La liturgia siempre ha sido un espacio de encuentro: de la comunidad con Dios, pero también de la comunidad consigo misma. Y cuando la comunidad cambia, la liturgia, de manera natural, respira de otro modo. En Sant Joaquim y Sant Jaume, este respirar se ha ensanchado: la misa ha dejado de ser «lo de siempre» para convertirse en una experiencia en la que cada cual aporta un fragmento de su propia historia. Y, sorprendentemente (o quizá no), todo encaja, como más de uno ha expresado.

En celebraciones puntuales y en la vida cotidiana vamos incorporando nuevos símbolos y nuevas formas traídas de todos los continentes. Y al ampliar el mundo simbólico ampliamos también el corazón y las relaciones, expresando nuestra fe con toda el alma, tal como lo hacen otros pueblos que han aprendido a celebrar incluso en la dificultad. Lo hemos vivido en la fiesta de Todos los Santos, con banderines de colores por todo el templo, como se hace en México.

La misma sorpresa —y la misma alegría— la experimentamos con las fiestas patronales de las advocaciones marianas: Guadalupe, El Quinche, la Chiquinquirá y muchas otras. Imágenes que cruzaron océanos y que, al entrar en nuestras iglesias, trajeron consigo el recuerdo de hogares, familias y tierras que los feligreses añoran. Celebrarlas aquí es, para muchos, sentirse un poco más en casa. Y para quienes siempre hemos vivido aquí, es descubrir que la Virgen María tiene más vestidos de los que imaginábamos, y que todos le sientan bien.

Una belleza que nos transforma a todos

Estas celebraciones no son simples «añadidos folklóricos»: son expresión de una fe vivida con autenticidad. También son una catequesis viva, porque nos muestran cómo el pueblo de Dios se encarna según cada cultura. La liturgia puede enriquecerse sin perder identidad; puede sumar nuevos símbolos y gestos sin desdibujar su núcleo. Y esto, lejos de generar confusión, ha provocado entre nosotros una gran serenidad: la sensación de que Dios nos quiere diversos, pero unidos. Y ha hecho crecer nuestra comunidad.

No sustituyen nada, sino que hacen vibrar a la comunidad de una manera nueva. O, como ocurre en las ofrendas, aparecen productos que nos hablan de otros climas y otras tradiciones: trigo y vino, sí, pero también frutas tropicales, velas de colores, pañuelos típicos, imágenes familiares. Todo ello dice: «Somos un pueblo que reza con lo que es».

Celebrar la vida juntos

Lo que vivimos en Sant Joaquim y Sant Jaume es un proceso de aprendizaje colectivo. Nos estamos descubriendo unos a otros. Y, en este descubrimiento, estamos aprendiendo a amar mejor. A comprender que la diversidad no es un obstáculo que haya que superar, sino una riqueza que hace crecer a la comunidad. Que la Iglesia siempre ha sido universal, pero que ahora podemos verla, escucharla y tocarla con mayor claridad, estableciendo vínculos y lazos de ternura entre nosotros.

Estas jornadas nos invitan a dar un paso más: a no vivir estos cambios solo como una convivencia cordial, sino como una auténtica comunión. A que los acentos distintos no nos distancien, sino que nos ayuden a reconocer el rostro de un Dios que no entiende de fronteras. A que las nuevas formas litúrgicas no nos den miedo, sino que nos recuerden que el Espíritu sigue creando novedad en medio de nosotros.

Y, sobre todo, a celebrar la vida tal como llega. Con música, con humor, con ternura, con colores. Con diversidad, sí, pero con un único corazón comunitario que se expande. Porque cuando celebramos juntos —con nuestras tradiciones, nuestras Vírgenes, nuestras maneras de rezar y de cantar—, estamos haciendo visible el mejor rostro de la Iglesia: el que acoge, escucha, acompaña y ama.

Quizá la liturgia no salga exactamente igual que hace treinta años. Pero sale más viva. Más nuestra, de todos. Y eso, al fin y al cabo, es caminar juntos. Es conocer para amar. Es dejar que Dios nos haga un poco más grandes y un poco más bellos. Cada día.

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